Muchas veces, cuando damos charlas sobre conservación ambiental o problemas ecológicos, la gente nos pregunta “¿Qué podemos hacer?”

Uno detecta que es un requerimiento sincero y apremiante. El mensaje ambientalista que llega a los medios de difusión masiva ha sido durante décadas una información digerida y adaptada al mercado, en donde las grandes responsabilidades (incómodas para los poderosos) se diluyen con el mensaje de que “todos somos culpables”, pero esta culpa (incómoda para la audiencia) es a su vez diluida con el mensaje de que “ayudar es muy fácil” así, sin más. El resultado es una profunda incomprensión de la problemática ambiental.

Hay que reconocer una premisa: mientras más fácil es una pretendida solución a un problema complejo, menos impacto tiene. Estas pildoritas según las cuales apagar la luz y reusar el papel son acciones definitivas para salvar al planeta, si bien son importantes y han posicionado eficientemente la agenda ambiental, venden la ilusión de que con acciones muy poco comprometidas se soluciona el problema de fondo. Esto no es verdad. Cuando la gente se da cuenta de que, por más que reúsen el papel por las dos caras, la Amazonía sigue perdiendo superficie, se sienten frustrados. Y con razón.

Las pequeñas acciones individuales solo tienen un impacto si una enorme cantidad de personas las implementa. Así que hay que añadirle compromiso a la acción. La acción es reusar el papel, o ahorrar agua, o comprar productos ecoamigables. El compromiso está en hacer crecer esta cultura. Ahí es donde se produce el impacto positivo.

Este compromiso empieza realmente por enterarnos, ser curiosos. Un ejemplo: ¿Por qué se me pide que no compre animales silvestres como mascota? ¿Es porque los animales sufren o es porque eso pone en peligro los ecosistemas tropicales? ¿Y qué me importan a mí los ecosistemas tropicales? Es una serie de razonamientos que llevan a la conclusión de que la cultura ambiental no es una moda ni una posición moral, sino una estrategia por la calidad de vida. Y al entender el por qué, es mucho más probable que se hable al respecto.

La tecnología pone a nuestra disposición muchas herramientas para entender el mundo que nos rodea. Usemos como ejemplo un tema muy actual: El Arco Minero. El infame decreto posicionó el tema de la minería de oro en la agenda mediática. Pero pocas personas (y casi ningún periodista) entienden realmente de qué se está hablando.

Pero nosotros, como ciudadanos ambientalmente comprometidos, podemos fácilmente entrar a Google Maps y darnos un paseo virtual por el Estado Bolívar. Ahí están las minas, visibles desde el espacio, en toda su desgracia ecológica. Un poquito más de interés a partir de este punto y te enteras de que no es solo un problema de oro, sino también de armas, narcotráfico y pranes. Una pregunta más y te enteras de cómo esta minería es en parte culpable de la crisis eléctrica y de la desaparición de nuestras etnias indígenas. De link en link te conviertes en contralor y guardián de tu patrimonio ecológico, de tus servicios ambientales y de tu soberanía.

Así que la respuesta que doy a “¿Pero y qué puedo hacer yo?” es casi siempre la misma: aparte de ser responsable dentro de tus decisiones personales, debes ser curioso y comunicativo. Es la única manera de generar cultura ambiental con impacto real. Una comunicación bien informada deja de ser un fastidio para el receptor del mensaje y empieza a generar un interés real.

Ahora bien, en una sociedad plagada de problemas, pretender que la gente se interese por uno adicional puede ser poco realista. Pero no es necesario que se interese por el problema directamente, puede interesarse por las etnias indígenas de Bolívar, o por el bosque como un hermoso ecosistema, o por el chigüire como una interesante especie de roedor o por el fascinante proceso industrial del papel y su reciclaje.

Al final, la solución a cualquier problema radica en la capacidad de la sociedad para enfrentarlo. Las ONG ambientalistas nos ocupamos de intervenciones puntuales, pero el recurso más importante que generamos es información. Una sociedad informada genera sus propias soluciones, y esto parte de ser gente curiosa y comunicativa.

Los venezolanos ya somos comunicativos, así que es momento de ponerle contenido a esa comunicación.