Uno de los errores más comunes que cometen las personas que se inician en la jardinería es comprar un saco de abono de vivero y sembrar sus plantas en ese sustrato sin ligarlo.

Algunas plantas van a sobrevivir al tratamiento, pero muchas de ellas empiezan a desmejorar… ¿Por qué, si están en tierra negra?

Eso no es completamente cierto. El abono orgánico es un sustrato con altísimo contenido de nutrientes, pero no es tierra. En lo que respecta a la planta, es un suelo muerto.

La rizósfera, que es la porción del suelo que contiene raíces y que por lo tanto está bajo la influencia de su actividad biológica, es un sistema mucho más complejo que un simple reservorio de nutrientes. Una raíz sana, y en consecuencia, una planta sana, depende de la comunidad biológica de la rizósfera.

Estamos hablando de bacterias, hongos, pequeños animales y protozoarios que facilitan el acceso a los nutrientes, mantienen a raya a microorganismos patógenos y regulan químicamente la interacción de la raíz con el suelo. Mediante señales bioquímicas, una planta puede detectar la presencia de esta comunidad microbiológica y modificar completamente su comportamiento según lo que consiga.

El microorganismo del suelo más importante para las plantas es un hongo, o varias especies de hongo, que se conocen como hongos micorrízicos. Ellos forman una asociación simbiótica con las raíces llamada micorriza, a través de la cual la planta tiene acceso a una cantidad mucho mayor de fósforo, un elemento esencial.

File:Arbuscular mycorrhiza microscope.jpg – Wikimedia Commons

El fósforo es un elemento muy difícil de disolver en agua, por lo que la única manera de conseguirlo en el suelo es que la raíz llegue físicamente hasta donde él se encuentra. Esto para la planta es muy difícil, pero para el hongo no. Con sus delgadas y versátiles hifas, el hongo absorbe mucho más fósforo que la raíz, y se lo entrega a la planta a cambio de algo que a ella le sobra: azúcares.

Esta asociación simbiótica es tan antigua y tan beneficiosa, que los hongos micorrízicos no pueden vivir sin su socio vegetal, y más del 80% de las plantas terrestres son micótrofas obligadas. Es decir, aunque le proporcionemos todo el fósforo que necesitan, si no se asocian con el hongo, no crecen bien.

Esto significa que las plantas dependen de la comunidad del suelo para muchas de sus funciones alimenticias y hormonales. Y el problema con el abono de vivero es que no está hecho con suelo, sino con bosta de rumiantes, aserrín, compost de lombriz y otras cosas que funcionan muy bien como fertilizante, pero no como suelo.

En nuestros campos agrícolas pasa algo similar. Después de varios años de buenas cosechas, los suelos se empiezan a morir, y no es por falta de nutrientes. El uso repetido de pesticidas y fertilizantes hace que la comunidad microbiológica del suelo se altere y muera. Así, no importa cuánto fertilizante apliquemos, las cosechas son cada vez más tristes. Le sucede al gran industrial tanto como al conuquero. El resultado es la depredación, por parte del humano, de nuevos campos para la agricultura hasta que estos se agoten de nuevo.

En la actualidad se pueden manejar muchas técnicas de cultivo que preservan la salud del suelo y hacen que los agroecosistemas sean productivos durante mucho tiempo. Las mejores son una combinación de biotecnología con abonos orgánicos, aunados a técnicas de cultivo cónsonas con la preservación de la biodiversidad pedológica. Esto evita que se aumente la frontera agrícola, protegiendo la biodiversidad y las fuentes de agua.

Tenemos que ser sostenibles y esto implica, entre otras cosas, aumentar la productividad de alimentos en los campos agrícolas que ya tenemos, sin llenarlos de pesticidas y fertilizantes que dañen otros ecosistemas a la distancia. Esto requerirá de muchos tecnólogos e ingenieros capacitados para preservar los suelos.