El viaje de la humanidad, que comenzó mucho antes de que apareciera el Homo sapiens sobre la tierra, ha sido una larga y continuada huida. Huimos de la incertidumbre.

La incertidumbre que significa estar rodeados de depredadores y enfermedades que no podemos tratar, de amenazas naturales, tribus competidoras y de dificultades para alimentarnos. Es la incertidumbre de no saber si podremos darle oportunidades a nuestra progenie de continuar la fuga hacia adelante, buscando terrenos más ciertos, con amenazas más predecibles.

En esta huida, en la que algunos avanzan rápido y otros se quedan atrás, hemos desarrollado la tecnología, la cultura y por momentos, hemos tenido descansos. El siglo XX, gracias a la coincidencia de tecnología, ciencia y comunicaciones, fue un buen descanso en el que el planeta adquirió, en promedio, su punto más alto de calidad de vida. Fue nuestro nivel más alto de certidumbre, de control sobre los elementos que deciden, entre otras cosas, cuánto vamos a vivir y cómo.

Pero este mundo es cambiante y no existen garantías, por lo que el miedo a regresar a niveles anteriores de incertidumbre siempre permanece y se manifiesta particularmente cuando se presienten las amenazas.

El cambio climático es actualmente tal amenaza. Ningún otro tema de interés sociopolítico reúne año tras año  a las cabezas de estado de todo el planeta a negociar y plantear estrategias contra la incertidumbre, en este caso climática. La humanidad, que aún confía en sus científicos, percibe al cambio climático como ese gigante que vendrá a echar por tierra todo el trabajo civilizatorio de milenios y nos devolverá a la época de la incertidumbre. No sabemos si vamos a poder cultivar, no sabemos si tendremos agua ni si habrá lugar seguro para instalarnos. ¿Volveremos a ser nómadas? Parece improbable, pero existe la posibilidad y eso nos aterroriza.

Pues bien, dijimos que en la huida muchos quedaron atrás, una enorme parte de la humanidad, de hecho, que aún vive a merced del clima, la competencia y el caos. Son personas que están acostumbradas a la incertidumbre y no perciben el cambio climático como una amenaza significativa dentro de su ya caótico sistema de vida. Un problema más entre tantos.

Pero lamentablemente no existe un máximo de caos, y el cambio climático plantea aumentarlo con mayor probabilidad precisamente en esas mismas poblaciones que ya son vulnerables y marginadas.

De modo que el discurso climático, que es un discurso de justicia, debe ser planteado no como un simple problema ambiental, sino como una oportunidad de desarrollo a través de su solución. Que quien tenga tranquilidad entienda a su mitigación como una estrategia para preservarla en el tiempo . Por otra parte, que quien no se haya beneficiado del ordenamiento que el humano hizo del mundo, vea en la adaptación al cambio climático una nueva oportunidad de ingresar a un sistema de certidumbres.

Adoptar este discurso no es difícil. La adaptación al cambio climático y la mitigación de sus efectos implica repensar nuestras ciudades y nuestra educación, respetar la naturaleza, generar tecnología, ordenar nuestras leyes y reducir la vulnerabilidad socioambiental por vía de nuestra inteligencia. Es una labor profundamente civilizatoria. Es una enorme oportunidad que nace de una necesidad, de un miedo. Del miedo más antiguo que tenemos, que ha regresado por nuestra culpa.