La cumbre de París terminó con un mensaje muy claro: La economía será descarbonizada. Puede tardar más o menos según como sea el compromiso de los políticos y el desarrollo tecnológico, pero ese es el objetivo claro. La amenaza del cambio climático es tan real e indeseable, que no quedó espacio a duda. No esta vez. O frenamos los efectos del calentamiento global o nos veremos en serios problemas económicos como humanidad.

Esto significa que el petróleo será un producto cada vez menos demandado. Generalmente, cuando los precios del petróleo caen, aumentan las inversiones en instalación de capacidad generadora de energía eléctrica a partir de fuentes fósiles. Lógicamente, electricidad barata es algo atractivo para una economía.

Pero actualmente estamos en una época de precios particularmente bajos de los combustibles fósiles y por primera vez, la inversión en renovables sigue creciendo mientras quiebran empresas petroleras. ¿Qué está pasando?

Muy someramente, la causa de esta novedad son dos fenómenos bien establecidos: La tecnología para renovables es cada vez más barata y los costos de seguir emitiendo gases de efecto invernadero son cada vez más altos. Por lo tanto, la energía fósil es un negocio cada vez menos atractivo.

Esto es algo bien documentado en la práctica. 2014 fue el primer año en que el crecimiento de la economía mundial se desacopló de la emisión de gases de efecto invernadero: La economía siguió creciendo a pesar de que no aumentó el consumo de petróleo, gas y carbón. Este cambio de paradigma es impulsado principalmente desde los países industrializados como Alemania, Francia y Reino Unido.

Pero aunque presenten reducciones, los países industrializados siguen siendo los principales emisores de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático. Por ello, la presión es para que esta brecha se siga reduciendo aún más, sin evitar que los países en vías de desarrollo busquen el aumento de sus economías para incluir en ellas a una enorme cantidad de personas que viven en la pobreza.

Esto supone que la lucha contra el cambio climático tiene dos directrices principales: la reducción del consumo de petróleo y la lucha contra la pobreza en los países en vías de desarrollo.

¿Cómo vamos a hacer en Venezuela? Somos uno de los muy pocos países que entra en las dos categorías: emitimos gases de efecto invernadero como si fuéramos una potencia mundial, pero nuestra economía es peor que la de muchos países africanos. ¿Cómo asumir el reto de desarrollarnos a la vez que disminuimos nuestra dependencia del petróleo?

Después de lo que pasó en París, se prevé que en el futuro nadie va a querer nuestro principal producto de exportación, así que nuestras reservas de crudo son, por primera vez, un activo al que no podemos acudir.

Necesitamos inversión extranjera. Afortunadamente hay dinero disponible a través de numerosos fondos de desarrollo para proyectos de toda clase conducentes a la mitigación y adaptación al cambio climático.

La lucha contra el cambio climático puede ser lo que active nuestra lamentable economía de una manera sostenible. Estamos en el momento ideal para comenzar. Pero se nos exige transparencia en el manejo de esos fondos.

Por lo tanto debemos ordenarnos. Tener mejores instituciones, descentralizadas y electas por una población educada. Si logramos esto, no faltará dinero para reactivar nuestra economía.

Actualmente parece una tarea titánica, pero hay un punto de partida: La nueva Ley (o código) de Cambio Climático que se está gestando en la Subcomisión de Cambio Climático de la Asamblea Nacional.

Este código servirá para cotejar todos los otros instrumentos legales y proyectos de desarrollo económico, para verificar que se encuentran alineados con los objetivos generales de desarrollo sostenible y lucha contra el cambio climático, lo cual será imprescindible para tener acceso a financiamiento internacional. Es así como la Comisión Permanente de Ambiente y Recursos Naturales renovables es en este momento una de las instituciones más importantes para que Venezuela pueda salir del hueco económico en el que se encuentra.

Los tiempos cambian.