Mucho se ha hablado del tema de la agricultura urbana desde que el gobierno anunció, en enero de 2016, la creación del Ministerio para el Poder Popular para la Agricultura Urbana. Algunos califican esta idea de ridícula y otros, como la solución a nuestros problemas de desabastecimiento de comida y de improductividad. Independientemente de que esta iniciativa sea un éxito o un fracaso en el país, la agricultura urbana es un tema que ha sido discutido desde hace unos años a nivel mundial como una de las soluciones para contribuir con el desarrollo sostenible del planeta.

Cuando se piensa en el tema de agricultura urbana en Venezuela se suele pensar en gallineros verticales o extensiones de tierra cultivada en el centro de la capital, sin embargo este es un tema mucho más profundo que esto.

La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) define la agricultura urbana y periurbana como el cultivo de plantas y la cría de animales en el interior y en los alrededores de las ciudades. Existen varias formas de sembrar en estas zonas tales como: techos verdes, granjas verticales, invernaderos, hidroponía, cultivos a cielo abierto, entre otras.

Según la FAO esta actividad tiene beneficios en los planos económico, social y ambiental. En los ámbitos económico y social los productores, no solo pueden consumir lo que siembran, sino que también pueden venderlo a personas o mercados cercanos a su zona. De esta forma mejoran su seguridad alimentaria y su situación económica. En ciudades como Nueva York, Ciudad de México, El Cairo, Bogotá y Medellín, se han impulsado programas de agricultura urbana en sectores populares con el fin generar mayores ingresos y mejorar la alimentación de los habitantes de las zonas.

Desde el punto de vista ambiental la agricultura urbana también tiene un impacto positivo. Mientras más cerca de los consumidores se cosechen estos productos, menos combustible se necesita para transportarlos, por lo que se disminuyen las emisiones de CO2. Enverdecer la ciudad purifica el aire, aumenta la captación de CO2 y disminuye la temperatura. Además, estos sembradíos pueden ser una buena oportunidad para la reutilización o reciclaje de los desechos orgánicos urbanos y de las aguas residuales tratadas, así como para el uso productivo de las aguas de lluvia recogidas.

En el caso particular de los techos verdes, son aún más los beneficios. Estos jardines actúan como aislantes térmicos haciendo que los edificios se mantengan frescos durante el verano y calientes durante el invierno. Esto reduce la necesidad de utilizar aire acondicionado y calefacción por lo que disminuye el consumo eléctrico y las emisiones de CO2.

Si bien la agricultura urbana puede tener todos estos beneficios, también presenta una gran cantidad de desafíos y limitaciones. Dedicar un espacio urbano a la agricultura puede no ser la mejor alternativa económica si en ese espacio se puede realizar otra actividad económica con mayor rentabilidad. Cosechar ciertos productos en la ciudad puede resultar más caro que hacerlo en el campo, además que en la ciudad, por cuestiones de espacio, no se pueden sembrar todos los productos ni criar todos los animales. También existen los riesgos de sanidad propios de la agricultura que provienen del mal uso de insecticidas y fertilizantes  y de criar animales.

Como toda actividad que se plantee como contribución al desarrollo sostenible de un país o del planeta, la agricultura urbana presenta sus grandes desafíos y beneficios. Es por esto que la diferencia entre el éxito y el fracaso de esta iniciativa en Venezuela, será que en su planificación, y ejecución, se utilice un enfoque holístico, donde se tomen en cuenta todas las variables tanto económicas, sociales como ambientales, de modo que esta actividad sea sostenible en el tiempo.