Cuando, a finales de 2016, Google anunció que estaba en camino de obtener toda la energía que necesitaba de fuentes renovables, se guardó parte de sus planes en este terreno. Y no eran pequeños. A través de X, empresa con la que la matriz Alphabet se extiende a la investigación, Google se suma a la lista de agentes públicos y privados de todo el mundo que buscan la solución definitiva a una de las grandes sombras que planean sobre la energía limpia: cómo almacenar los excedentes a gran escala y a un coste competitivo.

“Malta pretende capturar más energía limpia cuando esta es producida, mediante el uso de sal para almacenarla a gran escala. Con esta breve declaración de intenciones Google presenta su proyecto en este terreno. Bajo ese nombre, Malta, el gigante norteamericano busca respuestas donde muchos han tratado ya de encontrarlas. El uso de sal para el almacenaje de energía es todo un clásico en un campo dominado hasta ahora por empresas energéticas y por el sector público. Ejemplos en esta línea se pueden encontrar en Alemania o dentro incluso de Estados Unidos. En Nevada, por ejemplo, una planta termosolar recurre a sales a temperatura extrema para usar energía solar tras el anochecer.

Google admite que la tecnología para el almacenamiento está ahí. Pero puntualiza: “las soluciones actuales son caras y no son capaces de capturar toda la energía producida de fuentes renovables”. Tras la afirmación, una pregunta que suena a avance de resultados: “¿Y si pudiésemos aprovechar totalmente la energía renovable con un sistema barato que pudiera ser ubicado prácticamente en cualquier sitio y que almacenase energía durante horas e incluso durante semanas?”.

Con el listón alto, el proyecto Malta se basa en los trabajos del Premio Nobel Robert Laughlin, que parte del almacenamiento a alta temperatura, en sal fundida, y a baja temperatura. El funcionamiento del mecanismo se detalla en la imagen.

Según este esquema, la energía captada del viento y del sol se enviaría al sistema de almacenamiento de energía Malta. En él, la energía eléctrica activaría una bomba que, mediante la diferencia de temperaturas, la convertiría en energía térmica. El calor se almacenaría en sal, mientras que el frío haría lo propio en líquido refrigerante. Cuando la energía almacenada fuera necesaria, esta se reconvertiría en energía eléctrica mediante un motor de calor siguiendo el mismo procedimiento que con la bomba, pero a la inversa. Con esto, la energía sería conducida de nuevo a la red.

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